Hay una escena de Las furias sobre la que nadie ha comentado nada. En cada presentación, espero el momento para, aunque sea arbitrariamente, deslizar un par de palabras sobre esa escena. Con todo, comprendo esta terrible negligencia de quien ha leído la novela y ha coincidido conmigo en un espacio de conversación, pues yo mismo la disimulé, la hice pasar hasta cierto punto inadvertida. Probablemente me empujó el pudor: la dichosa escena es la resolución de un enigma personal. ¿Por qué la incluí, entonces? Porque el pudor puede convivir con la vanidad perfectamente: hay quien se tatúa en una zona no tan visible y sin embargo espera que en algún momento se dé la oportunidad de verbalizar el sentido del tatuaje.
La escena la protagoniza una mujer con reputación de santa. Por terrible y milagrosa, no por casta. Una noche fría, la mujer huye de tres hombres debido a una diablura que cometió. Corre por el monte. Pisa piedras, se rasga los brazos, respira trabajosamente. En un punto, el cabello se le queda enredado en un oyamel. Entonces los tres hombres la atrapan y ocurre algo atroz. No hace falta ser un experto en la materia para saber de dónde me robé la escena: en el Segundo Libro de Samuel, se narra la historia de Absalón, cuya densa cabellera se queda enredada en un encino poco antes de que Joab le dé alcance y le clave tres flechas en el pecho.

La historia de Absalón la conocí a los seis o siete años. En casa teníamos una Biblia de pasta dura y ornamentos dorados que contaba con un listón rojo como separador. El texto, dispuesto en cuatro columnas, estaba acompañado de dramáticos grabados de Gustave Doré. Curiosamente, la ilustración correspondiente a la historia de Absalón estaba arrancada del libro, y yo por muchos años asumí que el artista francés, en una tremenda omisión, había ignorado al retoño de David.
Habiendo en la Biblia tantas historias magnéticas, morbosas y pletóricas de prodigios, cabría preguntarse por qué mi mente infantil se obsesionó con la de Absalón. En primer lugar, me atrajo su inesperada antiépica. Y es que siempre me llamó la atención que el tercer hijo de David no huyera en un brioso caballo, sino en una mula. Por supuesto, desconocía el vínculo entre la nobleza y este animal, por lo que yo solo veía contrasentido. Para mí era como aceptar que Michael Knight anduviera en bicicleta. Por otro lado, desde el principio me perturbó el choque entre la grandeza y la nadería: ¿cómo era posible que el gran Absalón no lograra escapar de la muerte solo porque su abundante cabellera se quedara enredada en la miserable rama de un árbol? Esa era una grieta difícil de asimilar, tanto como que Knight pudiera morir en un accidente automovilístico provocado por una llanta ponchada.

La imagen de Absalón pendiendo de un árbol encubría una idea incómoda para un cerebro infantil, acostumbrado a las hazañas imposibles de las que estaba repleta la televisión. Como las intrigas militares y palaciegas me superaban o me aburrían, la historia de Absalón era para mí esa estampa montana. Una estampa de inevitabilidad que comprendería si no a plenitud, al menos sí mejor en el futuro.
Unos catorce años después de conocer la historia del tercer hijo de David, husmeando en los pasillos de una librería local que ya cerró sus puertas, me topé por primera vez con el nombre de William Faulkner. Lo encontré gracias a que se codeaba con Sófocles en el estante, y por entonces el trágico me obsesionaba. Y ahí estaba, junto a las ediciones Cátedra de El ruido y la furia y Mientras agonizo, ¡Absalón, Absalón!, en cuya portada aparecía Joab con tres lanzas en la mano derecha y Absalón, como una sombra en el fondo: el cuerpo colgante y las ancas de su noble mula. Confirmé en la hoja legal que la ilustración era de Gustave Doré: fue como si la hoja perdida de aquella Biblia hubiera caído en mis manos en ese instante. Aquel día solo me alcanzó para Mientras agonizo. Con esta novelita polifónica en la que la madre muerta es un pez, caí enamorado de Faulkner. Pronto regresé por las otras dos novelas. Leí con dificultad El ruido y la furia y con tormento ¡Absalón, Absalón!, tras varios intentos. Tengo claro que esas lecturas me empujaron a tomarme en serio la escritura creativa.
Aquel maravilloso incidente en la librería resultó en un triple hallazgo: mi escritor favorito, una vocación paralela y el grabado perdido de Doré. Puede que ese día se haya plantado en mi cabeza la idea de darle cabida en una historia mía a un individuo con melena larga al que lo detiene un árbol. Por supuesto, entonces no podía saber que sería una mujer milagrosa y terrible ni de quién huía ni por qué. La idea estuvo latente durante muchos años. Una idea que flotaba en la nada, sin asideros, sin nombres, sin ambiente. Acaso por eso le empecé a construir una historia. Claro que no es tan sencillo o lineal como parezco sugerir: Las furias no nació de esa inquietud, sino también de esa inquietud. De pronto, en algún punto, la melena de Absalón fue la melena de una santa que se topa con un oyamel de ramas demasiado bajas. La santa fue primero el tercer hijo de David y luego una mujer habitante de un tiempo remoto, el basamento de Las furias.
Quien lea la novela tal vez en lo último en que se fije sea la escena de la santa apresada por el oyamel. Lo entiendo porque hay aspectos más importantes para seguir la trama y resolver el enigma de la desaparición de Rena: las entrevistas de Nico, la caracterización del Carpintero, las corruptelas de la policía, el pasado de las Morán. De esto siempre hablo en las presentaciones. Pero Las furias es también la historia secreta de cómo Absalón y el grabado perdido de Doré llegaron a sus páginas. Cuando releo algún pasaje, siempre busco indicios de esa trama íntima, una trama en la que me descubro yo hojeando de chamaco una Biblia gigantesca.
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